¡Qué amargura, amigos y amigas, ver esfumarse la
melenita que uno lucía orgulloso en la adolescencia!
¡Qué mal trago acabar teniendo más frente que Alemania en la Segunda Guerra Mundial!
La cosa empieza cuando te aparecen las entradas. Al
principio, hasta te hace gracia. Te crees que las
entraditas te convierten en un "atractivo hombre
maduro". "Ahora, que me salgan unas canitas", te
dices, "y voy a ligar más que George Clooney..." ¡Las
ganas! ¡Que tu jeta sigue siendo la de siempre,
capullo!
Las alarmas suenan cuando las entraditas de marras
avanzan ya sin freno. Llega un momento en que en vez
de dos entradas tienes una miserable salida. ¡Estrechiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiita! Y decides que hay
que hacer algo.
Lo primero, buscas en el periódico el teléfono de una
clínica milagrosa de esas... "¡CAMPAÑA PARA SALVAR TU
PELO!", proclama el anuncio. ¡Suena la hoooooooooooostia de bien! Te falta tiempo para
reservar hora... Llegas a la clínica ansioso por empezar la guerra contra las hormonas masculinas.
Te recibe una enfermera muy mona, con su batita blanca y su faldita. "La cosa empieza bien", te dices. "Noto que me aumenta la circulación sanguínea... ¡Seguro que se me revitalizan los folículos pilosos! Lo malo es que de
momento sólo me está aumentando el riego en una
zona... ¡Y allí ya tengo pelo de sobras, hostia...!"
Más tarde, un doctor muy puesto en su papel te explicalas causas científicas de la alopecia. Que si la genética, que si el estrés, que si la encima
5-alfa-reductasa... ¡Al granoooooooooo, colega, que
desde que has empezado a hablar ya se me han caído
ocho pelos! ¡Que este es un caso urgenteeeeeeeeeeeeeee, joder!
A continuación, te toman una muestra de cabellos para
analizarlos. Siempre, pero sieeeempre, sieeeeeeeempre
te arrancan un mechón de la zona donde más clarean.
"Hostia, ¡qué más os daba cogerlos de otro sitio?"
Al rato, el doctor enteradillo te comunica el
diagnóstico, muy serio:
-"Presenta usted un caso de alopecia androgenética".
-"O sea, que me estoy quedando calvo... ¡¡No te jode,
eso lo sabía yo antes de venir!! ¿Para esto hacía
falta arrancarme los pocos pelos que me quedan? ¡Me
cago en el patrón de los dermatólogos y en toda su
corte celestial!"
Y lo "mejor" viene cuando te dicen el precio del
tratamiento. "¡Ahora entiendo de dónde sacan la pasta
para tanto anuncio en los periódicos!", sueltas.
"Pero, ¿de qué me han visto cara? ¡Que yo venía aquí
por alopécico, oiga, no por gilipollas!"
Cuando te empieza a clarear la coronilla, la situación ya es desesperada. Entonces empiezas a peinarte a raya para taparte la calva. Como cada vez hay que traer el cabello de más abajo, acabas por convertirte en un auténtico "greñudo lateral" con fobia a los días de viento. Y llega un momento en que el pelo disponible más cercano es el del sobaco. ¡Haría falta subírselo de un lado, del otro, hacer un nudo...! ¡Menuda facha...!
Y si encima eres peludo de cuerpo, despídete. Cuanto
más pelo en el cuerpo, menos en la calavera. ¡¡Qué ley de Murphy más hijaputa!! ¿Quién no ha visto alguna vez al típico oso de playa con más calva que Don Limpio? ¡Tiene guasa, la cosa!
Cuando ya hasta te da miedo mirarte al espejo, decides hacerte un injerto, aunque sea pidiéndole un préstamo al banco. Necesitas una zona donante de cabellos y en la cabeza la cosa está pero que muy mala. Has de pensar en otra área más poblada, ¡pero al final te niegas a tener que lucir un peinado afro!
¡Cuñaaaaaaaaaaaaao!
¡Y hasta es posible que te pase por la cabeza
inyectarte hormonas femeninas! Menuda escena,
encontrarte con un amigo al que no veías desde antes
de recuperar el pelo:
-"Coño, colega, si tienes mucho más pelo que la última vez..."
-"Sí, tronco, ¡y las tetas de la Pamela Anderson!"
Total, que al final lo dejas por imposible. ¡Has
perdido la guerra! ¡El enemigo es demasiado poderoso!
"Después de todo", piensas, "¿no está de moda pelarse
como una bombilla? ¿No tienen los calvos fama de
máquinas sexuales? ¿No me voy a ahorrar una pasta en
peluqueros? ¡Pues, hala, a sacarle brillo a la calva!" ¡Si el que no se consuela es porque no quiere...!
Así que, amigos, si un día comprobáis que el pelo os
empieza a clarear, hacedme caso: ni crecepelos, ni
clínicas dermatológicas, ni injertos, ¡ni leches! ¡A
raparse al cero y a lucir bola de billar! ¿Vale? Pues
nada, ¡saludos de un calvo feliz!